O artigo de capa deste jornal, endossado coletivamente pelo Centro Cultural Sotz’il Jay, a casa do Grupo Sotz’il na Guatemala, contextualiza a noção cíclica da vida percebida e praticada pela cultura maia. O espetáculo Oxlajuj B’aqtun constitui um rito espiritual e artístico que dialoga profundamente com os ancestrais daquele povo indígena. A começar pela evocação que a montagem faz ao então guia espiritual e coordenador da entidade, Lisandro Guarcax, sequestrado, torturado e assassinado em agosto passado, aos 32 anos (ele promoveu e pesquisou a arte pré-hispânica por meio das artes, impulsionou o movimento da Juventude Indígena junto a outros núcleos comunitários).
Atores de dançarinos do Grupo Sotz'il durante ensaio na Guatemala
No site do grupo (www.gruposotzil.org), lemos: “Esta montagem acontece em nome dos nossos avôs e avós, a eles devemos os conhecimentos e a inspiração, estamos aqui para continuar o seu legado. Também é uma homenagem a todos os avôs e avós que lutam para manter o equilíbrio desde a Resistência do Povo Maia”. Resistência de século de exploração colonial ou de décadas de cicatrizes pela guerra civil, conjunção histórica comum a vários países da América Central ou da América do Sul. Como costumava dizer Lisandro Guarcax em sua língua-mãe: “Desejamos que todos os nossos esforços se traduzam em conhecimento do outro”.
Pois a alteridade mediará o encontro do público brasileiro e dos demais espectadores latino-americanos com a criação do Sotz’il que abre esta noite a VI Mostra. Foram meses de preparação para trazer Oxlajuj B’aqtun à luz em março passado e subverter a cultura ocidental que prega o fim do mundo quando na realidade o índio compreende a natureza em ciclos.
Na cultura maia, o encerramento de uma era implica uma longa conta de cinco medidas de tempo, como q’ij (dia), winäq (20 dias), tun (360 dias), k’atun (20 anos) y b’aqtun (400 anos), os quais vão mudando com o passar dos dias e numerais do calendário sagrado, o Cholq’ij. “Se se antepõe ao b’aqtun (unidade de medida do tempo mais larga) o número sagrado 13 (Oxlajun), o resultado é a duração de una era maia, quer dizer, Oxlajun B’aqtun equivale a 13 períodos de 400 anos, ou 5.200 vezes 360 dias, equivalente a que os dias e as eras se sucedem, pois na era maia o tempo caminha através de uma espiral em que se situam de forma paralela o passado e o futuro”, informa o grupo na web.
Em meio a essa relação temporal e espacial plena de símbolos e energias, a dramaturgia desce ao plano dos conflitos terrenos. Os senhores de Xib’alb’a’ (os donos do inframundo) enfrentam os gêmeos Jun Ajpu’ e Yaxb’alamkej, representados como o ser humano e o espírito. Eles refletem as forças duais, mas necessárias à existência.
Além dos elementos teatrais, a criação coletiva dirigida por Víctor Manuel Barrillas Crispín – são nove atores em cena – costura referências da dança e da música sempre a partir de suas raízes. O grupo é formado por jovens da etnia kaqchikel e soma dez anos de trabalhos artísticos e culturais. Terra de milho, ou Iximulew, é como a Guatemala é definida na tradição maia.
Cada vez que los mayas nos sentamos a comer, agradecemos a cada uno de los comensales por la comida. No sólo a quien la preparó, sino también a los que compartieron ese momento con nosotros permitiéndonos estar a su lado. Y es que, desde el pensamiento maya, el estar vivos y respirar el aire que respiramos, el habitar las tierras que nuestros ancestros nos legaron para poder dejárselas en el futuro a nuestros nietos, no es algo que nos corresponda “por derecho” sino un regalo que se nos entrega y por el que damos las gracias. El agradecimiento, desde el pensamiento maya, es un espacio para el disfrute, para el reconocimiento de nuestra dicha por ser, por respirar, por poder ser testigos cada mañana de cómo la Vida se regenera. El agradecimiento, desde el pensamiento maya, nada tiene que ver con la sumisión, con el saldar deudas, con las jerarquías. Al contrario. Es nuestra oportunidad para pararnos, mirar a nuestro alrededor y celebrar que estamos vivos.
Agradecer a una vida que es cíclica, que está en continua transformación, que no tiene principio ni fin porque sencillamente es. Gracias a la observación astrológica, nuestros abuelos mayas desarrollaron una matemática de gran exactitud que analiza y refleja ese movimiento cíclico que se resume en nuestro concepto del “cero”. Un concepto que, lejos de representar el vacío o la nada, contiene en sí la esencia de la Plenitud. Así, en nuestra matemática de base binaria representamos el cero con una semilla, con un grano de maíz. Una semilla que es a un tiempo el fin de una planta y el inicio de otra, porque todo fin de un ciclo conlleva inevitablemente el inicio de otro, porque nada desaparece ni muere, porque todo se transforma.
Atores do grupo guatemalteco Sotz'il em treinamento de campo
Todo está en movimiento, la galaxia que habitamos se expande en el espacio y el tiempo de forma circular, el ADN que nos compone es una espiral infinita,… todo está entrelazado, nada termina. Por ello, el Zaqat es otro de los valores angulares de la Cosmovisión Maya. La importancia de terminar las cosas, de cerrar los círculos y cerrarlos bien, de no dejar nada a medias. En el trabajo, en la las relaciones, en la Vida. Porque en el universo todo fluye de manera circular, porque todo está interrelacionado y unido, cada vez que no terminamos algo y lo dejamos inconcluso, generamos un desequilibrio que frecuentemente suele ser el inicio de la infelicidad y del sufrimiento.
A pesar de siglos de empobrecimiento y discriminación, los y las mayas seguimos siendo los nietos y las nietas de una civilización milenaria civilización milenaria que “desde los primeros tiempos habla a los tiempos que vienen”, con la misma firmeza pausada con la que Tat Lisandro Warkax, artista maya kaqchikel, fundador del Grupo Sotz’il y nieto de los Aj Kaweq, redimensionaba quinientos años de invasión con una sencilla frase: “En el tiempo en el que Colón vino a América para comprobar si el mundo era redondo, nuestros abuelos y abuelas Mayas conocían el Universo”.
Son las voces de los primeros tiempos que hablan a los tiempos que vienen, que brotan de la memoria de los mayas para que las escuche el mundo.
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"Estas voces que vienen de los primeros tiempos hablan a los tiempos que vienen. Brotan de la memoria de los Mayas, pero dicen lo que dicen para que las escuche el mundo, que a los tumbos busca rumbo tanteando en la noche, perdido como ciego en un tiroteo. Y estas voces nos recuerdan que el centro del Universo está en cada uno de nosotros, porque está en cada uno de los frutos que brotan en cada instante del tiempo y en cada lugarcito de la Tierra. Y nos invitan a recrear el hilo roto de la vida, a sanar la violada dignidad de la naturaleza y a recuperar nuestra perdida plenitud." (Por Eduardo Galeano)
Nosotros creemos en un arte que sea capaz de cambiar los corazones de la gente... Que les alegre, que les de fuerza... un arte que les haga sentirse vivos... un arte que llegue directamente al espíritu de todos los hombres, y al de todas las mujeres... un arte que los haga conscientes, que los mejore como personas... un arte universal, un arte sin fronteras ni religiones, sin razas... y creemos en el como en un arma, pero no un arma de fogueo, un arma de verdad, un arma que se pueda hacer oír, y que tiene que dar en el blanco... El arte es un arma cargada de futuro
R.1.- Los y las participantes comprenden mejor la espiritualidad y la cosmovisión maya, de
cara a su aplicación en la Vida y en el Movimiento Artístico.
R.2.- Los y las artistas aprovechan el espacio para consensuar una Ruta de trabajo como
Movimiento Artístico Maya.
El programa del taller puede verse a continuación.
Las personas y colectivos interesados en participar, por favor pónganse en contacto cuanto antes con el Grupo Sotzil, rellenando las siguiente Ficha de Inscripción.
Para más información, contactad directamente con la Asociación Sotz'il Jay, en el correo que aparece en la ficha de inscripción.
With their newest theatrical-dance performance, “Oxlajuj B’aktun”, the Maya-Kaqchikel arts collective Sotz’il engages with mythical prophecy, cultural tradition, and contemporary reality to explore the significance of the thirteenth 400-year cycle of the Maya calendar, which simultaneously closes a five-millenia epoch of civilization and inaugurates a new era of history, their depiction ecompassing both the recurring cataclysms and continual renewal of human experience. Founded in the last decade by young Maya-Kaqchikel artists born during a generation of war, genocide, and a resurging Maya social and political movement, Sotz’il is dedicated to the research and performance of pre-Columbian Maya art, practicing a holistic blend of music, dance, theatre, and spirituality drawn from and responding to living tradition. Three of their members have been assassinated since 2009, culminating in the kidnapping, torture, and execution of Lisandro Guarcax, the group’s spiritual and artistic leader, in August of 2010. Though it provoked a wave of anguished protest in Guatemala and internationally, Lisandro’s murder has yet to be clarified or brought to justice.
Observers of the indigenous civilizations and cultures of the Western Hemisphere have long been intrigued by the intricate systems of the Maya calendar, especially the material and spiritual implications of the forecast end of the 5000-plus year “long count” on December 21, 2012. Such interest, like perhaps all encounters of difference, spans extremes, from modest and respectful gestures towards understanding, to reinterpretations which shamelessly appropriate and distort the worldviews described both by ancient tradition and modern indigenous communities. Both the mass culture and counter-cultures of the global North have seized aspects of indigenous cosmovision and bent them into the shape of their own ideologies: Hollywood through escapist daydreams of apocalypse which appeal to the self-annihiliating drive of consumer capitalism; the psychedelic and New Age movements through fantasies of esoteric revelation and utopic transformation which bear little resemblance to a real world of progressive social and ecological deterioration. In Guatemala, the government and private sector have also taken advantage of the 2012 moment to promote international tourism and processes of social renovation which, if one recalls the impacts that these sectors’ agendas have historically had for indigenous and poor communities, spark little hope that dominant structures will initiate or permit change in benefit of those below.
On March 21 I had the privilege to be present during a performance by Sotz’il of “Oxlajuj B’aktun” at Guatemala’s National Theatre, in a plaza at the base of one towering, pyramidal blue walls of the ultra-modernist structure, its architecture seemingly inspired both by ancient ceremonial structures and futuristic technology. At dusk I file quietly into the square with other members of the audience, assembled around a broad circular arena inscribed with pine needles, flower petals, and cut fruits. The circle’s cardinal points are marked with un-lit censers of incense and firewood; within the circle a tecomate gourd marimba and other carefully arranged instruments and tools, a glowing censer in the center, with a backdrop of wind-whipped silhouettes of trees and the waning moon rising heavily, just beginning its journey away from Earth on its 19-year cycle. The seven performers are already within the circle, beating a heavy drum tattoo, the marimba melodically buzzing, flutes keening, preparing themselves in slow deliberate movement:
Q’uq’umatz (Mercedes Francisca García Ordóñez), the universal grandmother in ornate Kaqchikel traje and headdress, embodiment of authority, wisdom, truth, and the cycle of time and space.
Rejqalem (Juan Carlos Chiyal Yaxón), the bearer of time, pounding the drum.
Wuqu’ Kaqix (Daniel Fernando Guarcax González), “Seven Parrots,” wearing a massive clay mask depicting a twisted, sneering human face, the primary antagonist of the drama, representing the egocentric, ambitious, and destructive facets of human personality, flexing his back muscles and pacing anxiously.
Daniel Fernando Guarcax González as Wuqu’ Kaqix,
"Seven Parrots." Photo by Tania.
Yaxbalamkej (César Augusto Guarcax Chopén), an agile and noble jaguar, crouching and yawning, the eyes of his mask fiercely green, teeth beared in a snarl.
Jun Ajpu’ (Gilberto Guarcax González, spiritual guide of the group), human twin brother of the jaguar, the pair of protagonists representing sun and moon, unity and spirituality, hunter and prey, carefully blowing orange sparks from the glowing incense, arranging ritual instruments, preparing the ceremonial space with sprays of water from a pine bough.
Kame’ (Luis Ricardo Cúmes González), a terrifying skeletal apparition studded with obsidian blades and bony armor, the lord of the underworld Xib’alb’a', darkness and death, stalking the ring.
Tukur (Marcelino Chiyal Yaxón), the owl, messenger of the underworld, preening his feathers, hopping and stretching his wings as the energy and tension of the ring build, as the movements of each performer become more intentional, until the audience is in place and the plaza falls into dark and silent.
Marcelino Chiyal Yaxón as Tukur, the owl.
Photo by Tania.
In unconscious darkness, flutes and ocarinas play bird calls, a key element of Sotz’il’s music, replicating the sound of a dawning tropical forest. Suddenly, the cosmos bursts into light and a tumult of movement as all seven performers dash around the ring, seven figures in chaotic but perfectly choreographed movement, tossing and catching a twisted, serpentine wooden staff in an equal exchange of power. This balance is shattered when Seven Parrots, the force of disorder, maliciously steals the staff from the grandmother Q’uq’umatz. The twins and the other players play the ritual ball game, leaping and bouncing a rubber ball off hips and elbows in a violent and acrobatic struggle. With a spiked obsidian axe, Seven Parrots strikes down the human Jun Ajpu’, and his jaguar twin carries him on his back in a tragic, balletic balance until he is revived. He is enticed by Seven Parrots, who offers him the staff of power, against the pained protests of the grandmother.
Gilberto Guarcax González as Jun Ajpu. Photo by Tania.
Seizing the staff, Jun Ajpu’ comes under its control, his body doubled under its weight. He is offered other artifacts of power: the obsidian axe with which he was nearly killed, filling him with pain and inner conflict; a sightless black mask with its protruding tongue pierced with shells. His neck chained with an amulet, he will dance the majority of the performance in complete blindness. He struggles over staff and axe with his brother jaguar and Tukur the owl, throwing each other through the air and around the ring. He is threatened and taunted by the death-masked Kame’ and the sneering Seven Parrots. As the drama progresses, the grandmother Q’uq’umatz moves in slow sequence around the circle to each cardinal point, lighting incense, as the time-bearer Rejqalem picks up his massive drum and carries it on his back as if sustaining the weight of the cosmos.
César Augusto Guarcax Chopén as Yaxbalamkej,
the jaguar. Photo by Tania.
The jaguar Yaxbalamkej is hunted by Seven Parrots and Tukur, finally captured in a metal grate despite his speed and strength. He collapses to the ground with his paws tied behind his back, with his mouth lifts a flute and painfully plays a mournful melody, is freed and served liquor by Seven Parrots and his allies, howls drunkenly and sprints about the ring. The grandmother laments his capture and degradation as he is fitted with a heavy silver plate necklace, forced to prostrate himself and kiss the figure of a golden skull at the center of the plate. He is held to the ground, tortured, his claws cut out with a knife of obsidian as his blinded brother Jun Ajpu’ can only listen to his heart-rending screams. Jun Ajpu’ struggles to remove his mask–as he pulls it from his eyes the light in the arena grows, but falls again as he fails. His domination complete, Seven Parrots even dares to steal the drum of Rejqalem, who continues to beat time on hollow turtle shells.
Mercedes Francisca García Ordóñez as Q'uq'umatz,
the grandmother. Photo by Tania.
Moving around the perimeter of the circle, Q’uq’umatz and Rejqalem return finally to the point where they were at the beginning of the era of conflict, lighting the final tower of incense and fragrant wood, and Q’uq’umatz enters to heal Jun Ajpu’s vision and reclaim her staff. The lord of the underworld and Seven Parrots lose their dominion, and to the rhythm of the marimba the players dance, orbiting Jun Ajpu as he walks around the circle, a perfect balance of forces. As they exit the ring, Jun Ajpu blesses himself and each of the participants with a final spray of pure water.
While this description cannot substitute for the visceral experience of Sotz’il’s synthesis of music and movement, I hope that it at least gives a glimpse of the themes that the group engages with in the performance for those who will be unable to see it in person. I offer this synopsis of Sotz’il’s Oxlajuj B’aktun with the awareness that I have omitted many details, and certainly failed to accurately portray the sequence and significance of the performance’s events. However, I think it is possible from this personal narrative to have some idea of how Sotz’il illustrates the central thesis of the prophecy of Oxlajuj B’aktun, as described in their own synopsis of the work: “The passage of time and the movement of essential energies accompany the conflict between dual forces, opposite but all necessary for existence–is Humanity prepared to honor these energies and give them their place in order to find harmony?” At the end of the performance, a member of the group speaks to the audience in Kaqchikel and Spanish, explaining that the inauguration of a new cycle of the calendar offers a chance for humanity to seek balance and equality in the spiritual, social, cultural, political, and economic realms.
In Oxlajuj B’aktun Sotz’il offer an allegory of human existence which is communicated largely through music and choreography, in addition to untranslated dialogue in Kaqchikel. Because their methods are so intensely physical, their work is allegorical without being didactic; though the ceremonial forms and significance of figures from Maya mythology are drawn from and respond to indigenous traditions, they also seem to have a universal archetypal significance, portraying a sense of horror and awe at the cosmos which underlies both spiritual and existential belief systems. The cyclical understanding of death and rebirth, violence and harmony, resonates with the historical experiences of indigenous peoples, repeatedly suffering dispossession and genocide at the hands of colonizers, while simultaneously engaging in practices of resistance and decolonization, and holding out hope of an alternative world-system of mutual respect among peoples and between humanity and its environment. Sotz’il’s work also draws powerfully on the personal experiences of the group–it is impossible to watch the scene of the torture of the jaguar Yaxbalamkej without thinking of Lisandro, murdered just as the group was beginning to prepare this work. At the same time, this torture is inseparable from the collective Maya experience of torture and genocide committed by the Guatemalan state and its national and international allies; and as a Guatemalan critic has also pointed out, one is also forced to confront the degradation of the Earth itself, as the population of wild jaguars is under threat of extinction across the Americas.
Refusing to look away from the realities of destruction, Sotz’il respond with a beautiful evocation of hope for balance and renewal, and it is clear that their artistic and cultural work is a powerful force for articulating this alternative. Seeking a new beginning, they affirm that “we are given the oportunity to come closer, if we prepare ourselves, to life in its fullness.”
(Quotes and descriptions of dramatis personae from Sotz’il’s program for Oxlaju’ B’aktun, collective production of Grupo Stoz’il, directed by Víctor Manuel Barillas Crispín, with technical support by Joselino Guarcax Yaxón and Clara Alicia Sen Sipac.)
Oswaldo J. Hernández se introduce en la cosmovisión maya kaqchikel y encuentra a un grupo de teatro y danza capaz de rescatar los valores de sus ancestros desde una perspectiva contemporánea.
Cientos de estudiantes empiezan a buscar una butaca que ocupar en el interior del Teatro de Bellas Artes, en la zona 1. Es una marea enorme de uniformes que arrastra a quien esté desprevenido (el policía de la puerta se está reincorporando). Todos han llegado obligados pero felices de no recibir clases. Del tsunami preadolescente resalta una voz. “No sé, van a dar una onda del Popol Wuj”, alcanzo a escuchar. Quizá el chico de camisa blanca y pantalón azul no encuentra las palabras para repetir lo que decía la nota de permiso que ha autorizado su llegada al teatro: “Ajchowen, del grupo de teatro Sotz’il, es una obra de danza y música basada en el Popol Wuj que narra las aventuras de Jun B’atz’ (primer hilo del tiempo) y Jun Ch’owen (primer sonido), que en la cosmovisión maya son considerados los creadores de las artes”.
El gran bullicio de estudiantes toma asiento y se calma segundos después de la anunciada “tercera llamada”. Se cierran las puertas de acceso, las luces se apagan y sobre el escenario aparece la abuela Ixmukane’. Con los reflectores sobre ella, absorbe la atención de todos con su caminata particular, su traje y su máscara. Habla en idioma kaqchikel y aun así son comprensibles los gestos y sus movimientos. Luego, de entre una escenografía de tapetes, frutas, máscaras, musgo e instrumentos musicales... va apareciendo todo el repertorio del grupo de danza, música y teatro Sotz’il. Sotz’il ha venido desde Sololá a la capital, únicamente por una semana, para una temporada de presentaciones estudiantiles. Es un miércoles de abril y el teatro está a más no poder. Pronto, el grupo dancístico dejará nuevamente Sololá, para presentarse en Antigua Guatemala (lea Xajoj Q’ojom).
Mientras aparecen los personajes de Jun B’atz’ y Jun Ch’owen en el escenario, todo es silencio en las butacas; aun así, hay tanto que decir del grupo que interpreta el IV capítulo del Popol Wuj en las tablas del Teatro Bellas Artes.
Desde los anales kaqchikeles
Existe en la aldea El Tablón, Sololá, toda la descendencia de Gagavitz y Zactecahu, los primeros abuelos kaqchikeles que recibieron en Iximché el fuego, como símbolo de la sabiduría por parte del dios murciélago, Tzotziha Chamalcan.
A 12 eras de la conformación de Ajposotzil jay (la casa de los murciélagos), la gente de Sololá guarda enorme respeto por el Sotz’il (murciélago): lo lucen en sus chaquetas, en su imaginario, en la cultura, en su teatro, la música y la danza. Todo.
Una vez finalizada la puesta en escena y después de que los estudiantes despejen la sala teatral, el productor de Sotz’il, Leonardo Lisandro Guarcax González, apostillará con gran coherencia: “Adoptamos un nombre a manera de encajar nuestro pueblo dentro de los lenguajes culturales. Uno que representara con respeto nuestras raíces. Cuando nuestros abuelos existieron –Gagavitz y Zactecahu– dejaron estas palabras en el Memorial de Sololá: Y poniéndonos en pie, llegamos a las puertas de Tulán. Sólo un murciélago guardaba las puertas de Tulán. Y allí fuimos engendrados y dados a luz (nosotros los kaqchikeles); allí pagamos el tributo en la oscuridad y en la noche ¡oh, hijos nuestros!”.
Hace un tiempo, a inicios de los años 90, Sotz’il decidió embarcarse en la danza y la música con un objetivo: “Jamás avergonzar a los abuelos ni a la comunidad”.
Fue un proceso un poco lento, se necesitaba formación para levantar este tipo de proyecto. Primero fue optar por la marimba (el sonido). Un abuelo de El Tablón fue el encargado de transmitir el conocimiento al recién iniciado grupo. Pero al platicar con más abuelos, encontraron nuevos elementos (pitos, flautas, ocarinas, códices) para encauzar un arte más representativo, un sonido en movimiento: la representación de las historias ancestrales acompañadas por la música.
Para dicha labor, dice Guarcax, hubo que actuar de un modo solemne. Él explica lo que deseaba el conjunto al resaltar el respeto: “Nunca convertir nuestro arte en un folclor. La única forma de que nuestra propuesta no sea folclorizada es construirla a partir de un sentido político”. Pero al hablar de política, Sotz’il lo haría desde la percepción de la cosmovisión maya. “Sólo así es posible la reivindicación de la cultura original a través del arte”, indica el productor.
La primera danza construida por Sotz’il no sería puesta en escena en un teatro. No era posible. Había que presentarla ante el círculo de ancianos de Sololá. “No se pueden transgredir algunos aspectos de la cosmovisión ancestral. Con la propuesta, ellos –los ancianos–, realizaron correcciones, afinaron detalles y estuvieron contentos de nosotros, de Sotz’il”.
El escenario político
De la danza, la próxima evolución del grupo significaba adaptar la cultura maya al teatro. “Muchas veces la visión política de nuestros pueblos se queda únicamente en los concejos de nuestros líderes, no llega a toda la república. Nuestra intención con el teatro era más por allí, representar las cosas trascendentales para nuestras comunidades”, expresa Guarcax.
Aún faltaba, sin embargo, la figura que guiara el proceso dramatúrgico.
En una de las butacas posteriores del teatro, mientras observo un nuevo acto de Ajchowen (en el escenario: Jun Ajpu’ e Ixb’alamkej han emprendido la cacería de un venado) se encuentra Víctor Barillas, director de la obra, y también, el elemento que Sotz’il necesitaba para introducirse al teatro.
Pronto me dirigiré a él con varias preguntas, la grabadora registrará su voz honda comentando: “Para Sotzt’il, la manera de hacer teatro es distinta. Cuando llegué a platicar con el grupo, fue como un punto de inflexión; tuve que quitarme de alguna manera todo el conocimiento del teatro tradicional, hubo que desoccidentalizar el teatro para lograr presentar una dramática propia y congruente con el discurso de lo que heredaron los abuelos. Una evolución en la manera que se transmiten las tradiciones y las historias en la modalidad oral”.
Sotz’il anhela una cosa, un sentido de repercusión: “Deseamos que todos nuestros esfuerzos se traduzcan en un conocimiento del otro. Que se realice un encuentro de todas aquellas artes escénicas que representan nuestras raíces. Los garífunas, los mestizos, los xincas, todos nosotros, compartiendo”, indica Guarcax.
En Sololá, Sotz’il ha causado un fenómeno interesante. Los jóvenes de la comunidad ahora se acercan interesados por conocer su trasfondo histórico, lo hacen al absorber la música y la danza. Guarcax lo explica de esta forma: “A veces se nos pregunta ‘¿Así era cómo bailaban los antiguos mayas?’, la respuesta es no. Somos mayas, pero nuestra danza se ubica en la duodécima era de nuestro calendario. Nuestra danza es maya, respeta mucho los elementos de nuestra cultura, pero no se puede comparar con otro tiempo y otro espacio”.
De regreso la vista hacia el escenario, Jun B’atz’ y Jun Ch’owen están atorados en un árbol. Tratan de bajar pero les resulta imposible encontrar la manera. La audiencia se inmuta. Es casi el gran final.
La abuela Ixmukane’ suelta carcajadas ante lo que acontece a su alrededor. Los creadores de las artes se han transformado en monos. Jun Ajpu’ e Ixb’alamkej, los gemelos, han triunfado sobre sus hermanos... Es entonces cuando las luces de todo el teatro se encienden, se levantan los estudiantes de sus butacas, se abren la puertas hacia la calle. Todo Sotz’il regresa al escenario. Los aplausos, las ovaciones y las reverencias...
“Nuestros ancestros deben estar contentos”, piensa Guarcax desde el escenario.
Ha valido el esfuerzo.
Recuadros:
XAJOJ Q'OJOM“Cada segundo agoniza nuestra Madre Tierra, nuestros abuelos y abuelas esperan sedientos para que sus hijos e hijas, nietos y nietas retomemos la energía de la armonía del pueblo maya”. Con esta breve introducción, Sotz’il presentará las melodías de su primer disco, Jom Kamasotz’, interpretadas con instrumentos ancestrales mayas que han sido reproducidos por el grupo tras años de investigación y documentación. Xajoj Q’ojom se presentará el sábado 8 de mayo, a las 4 p.m., en el atrio del Centro de Formación de la Cooperación Española. La entrada es libre. Visite aecid-cf.org.gt.
Los instrumentos utilizados son Sub’aq (pito), Xul (ocarinas de barro), Ko’ol q’ojom (tambor), Q’ojom (marimba), Kayab’ kök (caparazón de tortuga), Xiwak (caracolas), Soch (chinchines), Aj (pitos de caña), Tun tunkul (tambor de un sólo parche), palo soñador y el raspador.
RAICES KAQCHIKELESSotz’il trabaja en la recuperación de las raíces culturales maya kaqchikel pormedio de la investigación y el fomento de la música y danza prehispánica. El grupo está compuesto por los residentes de El Tablón, Sololá: Gilberto Guarcax González, Carlos Dany Guarcax Cuc, César Augusto Chopén Guarcax, Leonardo Guarcax González, Joselino Guarcax Yaxón, Daniel Fernando Guarcax González y el director, Víctor Manuel Barillas Crispín.
En su repertorio pueden mencionarse las obras de teatro Kaji’ Imox y Ajchowen (el artista) y las danzas Jun Ajpu’ e Ixb’alamkej y La danza de los Nawales, con la cual se presentaron en Francia (con sala llena y ovación de pie de 15 minutos) en diciembre de 2008. Se han presentado también en Venezuela y Costa Rica.
Sotz’il está reafirmando su condición institucional. Además, pretende realizar cortometrajes orientados a la difusión de los contextos kaqchikeles y su espiritualidad.
EN POCAS PALABRASGuatemala
“Guatemala, corazón de la Tierra de los mayas. Sus árboles y sus cerros, sus ríos y su cielo guardan los cantos, los susurros y las palabras a través de las cuales se ha transmitido a lo largo del tiempo la sabiduría ancestral de nuestros abuelos y nuestras abuelas mayas”. Baktún 12 “La duodécima era es importante para el pueblo maya. El mundo no nos debe ver como una cultura estancada; fue una repercusión de la conquista, pero estamos vivos y en constante evolución. Somos los mayas de la era contemporánea”. Sobre el escenario “Es una fusión de música, danza, espiritualidad, historia, tejidos, instrumentos musicales prehispánicos y movimientos ancestrales de origen maya kaqchikel”.
El nombre de Lisandro Guarcax quedará grabado para la posteridad en el Museo de Arte Moderno “Carlos Mérida”. El Ministerio de Cultura y Deportes le rinde un homenaje póstumo en reconocimiento de su labor artística y el rescate del arte ancestral Maya, que durante su vida profesional divulgó en Guatemala y el mundo. Autoridades de este Ministerio firmaron el Acuerdo Ministerial 308-2011, el cual establece que la biblioteca de este Museo llevará el nombre de “Leonardo Lisandro Guarcax González”.
La develación de la placa que respalda este nombramiento se realizó el miércoles 30 de marzo con la presencia de la Viceministra de Cultura, Elsa Beatriz Són; del Viceministro de Patrimonio Cultural y Natural, Juan Carlos Pérez Calderón; del Embajador de Noruega en Guatemala, Lars Vaagen; del Director de Museos y Centros Culturales, Fernando Moscoso y de Anastasio Guarcax, representante del grupo Sotzil. Posteriormente se inauguró una exposición fotográfica sobre la vida del artista y que retrata varios pasajes de su vida.
Guarcax nació el 29 de abril de 1978 en Santiago Atitlán, Sololá. Desde su infancia hasta dedicó su vida a las artes y participó en grupos artísticos como Ik Atz’an, la Estudiantina del Instituto de Santiago y fue fundador del grupo Sotz’il. Hizo alrededor de 500 presentaciones a nivel nacional e internacional donde presentó obras de música y teatro.
Falleció trágicamente el 25 de agosto de 2010 en Atitlán. Con su muerte, Guatemala pierde a un valioso elemento del arte escénico Maya.
Reconociendo el derecho de las personas y la identidad cultural de las comunidades, el Ministerio de Cultura y Deportes protege, promueve y difunde los valores y tradiciones de la cultura nacional.