domingo, 13 de julio de 2014

Armonías ancestrales

Gratitud, alegrías,  oraciones y tristezas se convierten en notas sonoras al toque de tambores, flautas, violines, pitos y marimba. Desde la época de esplendor de la cultura maya, durante la Colonia y hasta la actualidad, una de las expresiones más características y notables de los pueblos indígenas es la música.

Por Prensa Libre
Los instrumentos musicales con los que se interpretan tradicionales melodías, y en ocasiones cantos, han estado siempre en rituales agrícolas, como la siembra y cosecha del maíz, la búsqueda del mundo espiritual y la musicalización de relatos históricos transmitidos de generación en generación.

Como sucede con el sincretismo religioso en Guatemala, los instrumentos de los que se desprenden las notas musicales autóctonas, han tenido su origen en la cultura maya o hispánica, pero indistintamente de dónde provengan, siguen siendo el medio para enlazar armonías, cosmogonías y realidades que mantienen vivos a los antepasados, pero que también sirven como un puente de comunicación mística.

Viene del cuerpo
La música instrumental probablemente no sea tan antigua como la vocal, y tendría su origen en el ámbito del ritual mágico, explica el musicólogo, compositor y director de orquesta Dieter Lehnhoff, en su libro Creación musical en Guatemala.

Los primeros instrumentos de percusión utilizados en la danza fueron las mismas partes del cuerpo: las manos para aplaudir rítmicamente, batir contra el pecho, muslos y glúteos, o los pies para crear ritmos al golpear el suelo.

Dos nutrientes
“El instrumentario musical maya precolombino consta principalmente de idiófonos, aerófonos y membranófonos, explica Lehnhoff. Los primeros producen el sonido por la vibración del propio cuerpo sin el uso de cuerdas, membranas o columnas de aire; por ejemplo, las maracas, caparazones de tortuga y tambores de hendidura como el tum o teponaztli.

Los aerofónos producen el sonido por la vibración del viento y de la masa de aire en su interior, como las flautas de caña o hueso llamadas xul en idiomas mayas; pitos y mirlitones, caracoles marinos (strombus gigas) y trompetas largas de madera, como se ve en los murales de Bonampak o utilizadas en el siglo XIX en las representaciones del Rabinal Achí, en Baja Verapaz.

Los membranófonos son los instrumentos cuyo sonido lo produce la vibración de una membrana tensa llamada parche, hecha de piel o sintética, como los huehuetl o tambores de uno o dos parches, antiguamente de piel de venado, que se tocaba con las manos, y ahora con baquetas forradas de caucho en uno de los extremos.

Entre el aporte hispano a los instrumentos autóctonos está el adufe, especie de tambor existente en el área queqchí, y la chirimía, ambos de origen árabe. El violín, que se conoce como rabé o rabel, y el arpa y guitarrilla.

La marimba diatónica o sencilla constituye un tema en sí, pero basta indicar que según investigadores este tipo de instrumento no existe en otra parte del mundo. Esta originó la marimba cromática o de doble teclado llamada cuache o gemela, cuya adaptación se atribuye a los maestros Julián Paniagua y Sebastián Hurtado, en 1894.

El tum
Es un cilindro de madera de hormigo vaciado,  con una ranura en forma de H.  Se toca percutándolo con una baqueta con cabeza de caucho. En la antigüedad su toque era guerrero.  En la fotografía, el tum usado para la música de la danza prehispánica del Rabinal Achí, que se representa en Rabinal, Baja Verapaz.

Sonido aviar 
Los instrumentos de viento iq’ o xul, incluyen ocarinas y flautas de barro. Imitan el trino de los pájaros.

Tambor  y  chirimía
 Cojom es la palabra en  kaqchikel para designar al tambor. Es un cilindro de madera cubierto en sus extremos por dos piezas o parches de piel de cordero y res, antiguamente de piel de venado, que se golpea con baquetas con cabezas cubiertas de caucho.  La chirimía, de origen moro, fue traída  a estas tierras por los españoles.  es un instrumento de caña doble: un cilindro metálico introducido en otro de madera con seis agujeros. Su sonido, producido por una lengüeta doble de hoja de palma se parece al del oboe. Su toque es totalmente ritual.

Adufe y violín
 Llegaron a    Guatemala con los  españoles. El adufe, de origen árabe, es un marco de madera de un pie por lado, forrado por ambas caras  de piel de  venado o cabra, que se percuta con los dedos y la mano.  El violín  conocido como rabé o rabel, tenía  cuerdas  fabricadas del intestino de la res o gato, actualmente se le adaptan las cuerdas  metálicas para  guitarra.  Tomás Cuxum y Pío Ixtecoc, de Rabinal,  Baja Verapaz, llevan 37 años tocando estos instrumentos.

Marimba sencilla 
Se deriva de la de tecomates.  De origen mesoamericano, su estructura tonal corresponde  a las teclas blancas  del piano.

Flauta y tamborcillo
En  idioma achi’, la música producida por estos instrumentos se conoce como motzaj ajeq’ab —música para el cielo—. Alberto Burrero (80), de Rabinal, Baja Verapaz, la  interpreta cuando llega el solsticio, para recibir el sol  cada día, en las colinas o el campanario del templo  católico.

jueves, 10 de julio de 2014

Explicando el arte contemporáneo a una liebre

Para muchos, el arte contemporáneo se refiere a una forma específica de hacer arte, a una estética o un mercado. O podría haber continuado siendo por algún tiempo “arte moderno producido por nuestros contemporáneos”. No obstante esa forma de pensamiento dejó de ser satisfactoria. Este ensayo, cuyo título toma como referencia la performance de Joseph Beuys “Cómo explicar el arte a una liebre muerta” (Dusseldorf, 1965) y cuyas premisas parten de la 19 Bienal de Arte Paiz, se pregunta, entre otras cosas,  qué significa ser un artista contemporáneo en Guatemala.

Por Rosina Cazali extraído de El Periódico Guatemala.

La semana pasada un grupo de personas, principalmente jóvenes, relacionados con la cultura, acaparó la atención en las redes sociales. Sobre sus muros de Facebook subieron fotografías en las que aparecían replicando el gesto del expresidente Jacobo Árbenz al momento de ser obligado a desnudarse en el aeropuerto antes de partir al exilio. Sesenta años después, con una camisa abierta y la mirada hacia el pasado, esta acción colectiva traía de vuelta las palabras de Cardoza y Aragón: “Pienso en Árbenz, nos habían derrotado, lo habían vejado en el aeropuerto de Guatemala, en él nos habían vejado a todos los guatemaltecos”.

La iniciativa de Martín Díaz Valdez, con el apoyo de Alejandro Anzueto, se transformó de inmediato en algo viral, en un gesto generacional que la curadora Edna Sandoval describe de la siguiente manera: “Y mi generación tiene esa brecha. Esa que nos permite alienarnos fácilmente de la historia que ataca a nuestros antepasados, ancestros y origen. Tiene la facilidad de diezmar la información que ya viene cuarteada y tomar juicios con muy poco y siguiendo a las masas más mediáticas. Mi generación tiene la facilidad de negar con la cabeza, con la rotunda respuesta de desapego, alegando que la memoria histórica es solo un relato heredado que no afecta nuestras circunstancias inmediatas”. La carga simbólica era evidente. En ningún lugar está escrito pero es imposible pasar por alto lo mucho que esa acción se parece a una… ¿performance? En realidad no creo que a los protagonistas del proyecto les importe establecer de manera tajante las distinciones, pero es un hecho que a muchos se nos antojó llamarlo arte contemporáneo. Tal vez porque las fronteras del arte han dejado de ser precisas. Tal vez porque actualmente resulta innecesario diferenciar entre el estatuto político de un gesto colectivo y el carácter paradójico de los fenómenos culturales contemporáneos. Tal vez por todo lo anterior y porque, en las últimas semanas, la idea del arte contemporáneo pasó de ser un motivo de reclamos a un tema que necesita ser pensado desde este contexto con urgencia.

Qué diablos es el arte contemporáneo

Ante todo, qué puede significar nombrarse artista contemporáneo en Guatemala. Desde ahí podemos llegar a comprender el origen de ciertos prejuicios, estereotipos e incluso manifestaciones hostiles que se vierten contra todo lo que se enuncia como manifestación de actualidad. En lo que se refiere a nuestro contexto, yo creo que estos se han venido elaborando sistemáticamente en las últimas dos décadas, principalmente en contra de experiencias locales que se inclinan a la experimentación, lo intangible o el conceptualismo. Sin embargo, cuando tenemos ante nuestros ojos proyectos tan sólidos como los presentados en la 19 Bienal de Arte Paiz, cuando nos percatamos de la movilidad que tienen muchos artistas en el exterior, del rico panorama que se gesta actualmente en el altiplano (Totonicapán, Quetzaltenango, Comalapa o San Pedro La Laguna), de la demanda cada vez más amplia de los jóvenes por espacios para exponer o aprender arte a pesar del inusitado vacío estatal, siempre en contra de la cultura y el arte, es más urgente revisar nuestras historias pasadas y recientes. Desde los festivales de Arte Urbano, pasando por Octubre Azul y la amplia plataforma para el arte que proveyó el Centro Cultural de España, hasta proyectos recientes como Kamin en Comalapa, Sótano 1 o manifestaciones eclécticas como Se Alquila, los últimos dieciseis años han sido de batallas ganadas, de descubrir que el arte puede ser cualquier cosa menos lo que nos habían dicho que debía ser. Sin embargo siempre emerge la duda: ¿podemos ser contemporáneos sin haber sido modernos?

Como explicó con vehemencia Arthur Danto en su conocido libro Después del fin del arte, la distinción entre lo moderno y lo contemporáneo no se esclareció hasta los años setenta y ochenta. El arte contemporáneo podría haber continuado siendo por algún tiempo “el arte moderno producido por nuestros contemporáneos”. No obstante esa forma de pensamiento dejó de ser satisfactoria y hasta se hizo evidente la necesidad de crear un nuevo término como lo fue posmoderno. Pero hoy la idea de arte contemporáneo se asume con mayor fluidez. El término parece convocar los acuerdos de “lo que puede ser” lo contemporáneo en el arte tanto como las paradojas temporales que provoca su mismo nombre. Para comenzar podríamos hacer un esfuerzo por responder las siguientes preguntas: ¿existe un arte específicamente contemporáneo? Cuando se dice arte contemporáneo, ¿nos referimos a un giro estético, filosófico, epistemológico que inaugura un tiempo completamente nuevo? ¿O sucede que, simplemente, la palabra se ha puesto de moda? Estas y otras preguntas fueron lanzadas hace poco por la crítica e historiadora del arte Andrea Giunta. Para mí las inquietudes de Andrea coinciden con mi propia inquietud. A principios del mes de mayo del presente año, el Museo de Arte y Diseño Contemporáneo (MADC), en San José, Costa Rica, me pidió dirigir un simposio que partía de una pregunta: “¿cuándo fue el día que nos hicimos contemporáneos?”. La pregunta se formuló con una carga irónica. Esta sugería la desautorización que se nos ha impuesto o incluso que nos autoimponemos para pensarnos contemporáneos desde sociedades como las nuestras. Una de las conclusiones más reveladoras y consensuadas entre los participantes tenía que ver con la misma dificultad de trascender la mirada histórica. Nos cuesta concentrarnos en el estudio de las tensiones conceptuales que el tema despierta. La historia, nuestras historias, registran sistemáticamente los itinerarios de los proyectos donde se han gestado las intensiones y aspiraciones de modernidad y contemporaneidad en el arte, sus logros y sus obras. Pero una reflexión sobre las matrices de percepción que dominan y esculpen nuestros aprecios o nuestros rechazos sobre las formas de arte más recientes siempre es un pendiente. La dificultad radica en la misma temporalidad del tema. Es casi imposible tomar distancia de lo que está sucediendo ahora pero desde este texto voy a tomar el riesgo.

En un plano muy general, lo que es evidente es que el término contemporáneo se ha generalizado y parece solo estar de moda. En los nuevos museos “contemporáneo ha remplazado a moderno”, en el plano del consumo de productos culturales la idea de contemporáneo se vincula al uso de tecnologías, formas de diseño, arquitecturas o formas de vestir. La palabra acompaña nombres de revistas, define formas de viajar, comer, beber o de habitar un hotel. Objetos utilitarios como los electrodomésticos se hacen trascendentes en la línea de lo contemporáneo y las galerías de arte que se enuncian con la palabra contemporáneo reconocen el poder del término. Este se asocia de inmediato a un pujante mercado que, en los últimos años, se desarrolla a través de ferias de arte, subastas, coleccionismos y un abanico muy amplio de eventos relacionados con el entretenimiento. En el orden del mundo del arte, la palabra contemporáneo parece estar dirigida a atender un nuevo gusto, a delimitar una serie de dinámicas y estéticas que connotan una forma de hacer arte exclusivo para conocedores, para un sector joven y atrevido, denota lo vanguardista y nombra algo que ha superado lo moderno. Sin embargo, en un país como Guatemala, donde la idea de modernidad no es palpable en el uso común de los hablantes, la palabra “contemporáneo” parece estar destinada a producir dudas y rechazos, como algo para “tomarnos el pelo”. Incluso suele despertar -como el dinosaurio de Monterroso- el ya viejo reclamo de lo que nos pertenece o nos representa. Pero, ¿qué es lo que supuestamente nos representa con exclusividad? ¿Acaso solo puede identificarnos la pintura de paisaje o las artesanías? ¿Por qué no pueden ser de manera simultánea una pintura de paisaje, las artesanías y una obra que nos invita a pensar de manera distinta sobre la pintura y, al mismo tiempo, sobre la alarmante contaminación del lago de Amatitlán?

Ethos barroco

La pintura, de hecho, es uno de los medios más permeables para ilustrar esta crítica. La pintura, como medio clásico y representación máxima de los valores plásticos y las bellas artes, actualmente es un significante en disputa. Se dice de manera ligera que la pintura ha muerto pero nada más lejos de la verdad. Además de ser una práctica ininterrumpida, la pintura siempre subyace como referente imprescindible en toda reflexión sobre el arte, sus límites y su trascendencia. Tal vez lo que se encuentra en el centro de ese reclamo radica en un “ethos barroco”. Déjenme aplicar este término que tomo prestado (e incluso resemantizo con descaro) de Bolívar Echeverría, para intentar desentrañar dónde se encuentra la raíz de ese prejuicio. No es un secreto que, desde la época de la colonia, nuestra subjetividad se encuentra permeada por la dimensión de lo barroco y lo suntuario de sus manifestaciones artísticas y religiosas. Ese ethos barroco, resultado de una historia fundacional, basada en la devastación, los despojos, las imposiciones y los pillajes culturales, se traduce actualmente en algo para contemplar a distancia, sumido en su horror vacui, sin posibilidad de ser cuestionado o de interactuar con él. Esto indica que, cuando se piensa en el arte, este solo puede ser un producto de la maestría y la genialidad. Desde la idea de gremio artesanal, producto del dominio técnico y la habilidad manual. En su suntuosidad, el arte es algo a lo que debemos temer a no responderle adecuadamente. También que todo objeto que no sea producto de esos valores tangibles sencillamente debe de ser desterrado de nuestras concepciones. Esto tal vez es una coordenada para comprender cómo el colonialismo aun moldea nuestras percepciones y la forma como se asume la idea de arte en Guatemala, cómo supuestamente debe de ser producido, apreciado o consumido. El verdadero drama radica en que cualquier intento por prescindir de esos asideros colonialistas parece una tarea acaso imposible.

No obstante, contra toda convención, pronóstico o atavismo, siempre aparecen expresiones, prácticas e intentos por dar coherencia a ese concepto de arte que, según el filósofo costarricense Pablo Hernández Hernández, se aleja cada vez más de la idea de producción de objetos y se acerca más a la idea de proyectos artísticos, los cuales generalmente se basan sobre las praxis sociales de la atención, la memoria y la expectativa. En muchas de las obras presentes en la bienal se hace evidente. Silvia Menchú y las integrantes de Ademkam proponen bordar una manta en un sentido de sanación. El trabajo de este grupo de mujeres de Santa Catarina Palopó, como la colección de objetos mayas de los hermanos Poyón, la crítica cultural de Jimmie Durham o las mujeres trans invitadas por el artista Carlos Motta, nos sugieren que las lógicas de producción han cambiado drásticamente. En muchos sentidos cuestionan la mirada dominante en el arte, la que insiste en separar lo inválido de lo supuestamente válido. También la rigidez de las jerarquías de las sociedades patriarcales, al punto de proponer formas de desregularizar el control sobre el cuerpo y la sexualidad. En general, muchos de los proyectos en la bienal establecen un contradiscurso contra la representación de la belleza, contra la representación, contra la mímesis. Quizá la belleza esté en otra parte. Quizá “la belleza no está en la calidad del trazo sino en la magnitud del acontecimiento”, como nos dice Zygmunt Bauman. Quizás el arte contemporáneo cuestiona el rol del artista como “genio”, construido desde el siglo XVIII, para que se piense no en la posibilidad de un futuro sino a partir de su propio pasado; como lo sugieren los jóvenes “arbenzistas” en Facebook.

¿Alguna vez fuimos modernos?

La historia del arte moderno sucedió como algo lineal e ininterrumpido. En esa línea de tiempo los “ismos” se sustituían uno detrás de otro, en la propensión a buscar fundamentos o certezas definitivas. La modernidad fue una construcción ideológica dominante que definió la forma en que se debía asumir el progreso en el arte. Con la idea unívoca de que eran indispensables los proyectos de la modernidad antes de acceder a lo contemporáneo, el régimen moderno entró en crisis. ¿Dónde quedan entonces las sociedades que no experimentaron los proyectos de modernidad como lo experimentó Occidente? En Guatemala, el único proyecto de arte moderno vinculado al Estado fue formulado desde la Revolución del 44, con el apoyo a artistas y entidades descentralizadas (APEBA, AGEAR, Saker-Tí) que fueron proscritas. Hoy día los pocos rastros que quedan de ese proyecto de modernidad no se ven representados y mucho menos celebrados por las líneas de trabajo, las agendas o las exposiciones de instituciones como el Museo Nacional de Arte Moderno. Los proyectos arquitectónicos que podrían representar ciertas aspiraciones o impulsos de modernidad carecen de un reconocimiento real y no aparecen en el imaginario social como entes capaces de sugerir que existieron épocas de cambios. En días pasados la opinión pública se desbordó cuando circuló la noticia del evento de motocicletas en las veredas del Centro Cultural Miguel Ángel Asturias. Era una clara metáfora de ese desprecio por la cultura y su memoria. Sin embargo creo necesario cuestionar esos arranques momentáneos de devoción por lo moderno. Antes del atropello, ¿cuál era el estado de las instalaciones del Teatro Nacional y sus alrededores? Antes del vergonzoso suceso, ¿cuál era el significado e incidencia real de este complejo arquitectónico en su condición de emblema de modernidad?

Los movimientos artísticos que asumieron la representación de la modernidad en el transcurso del siglo XX subsistieron encapsulados pero no se detuvieron por el abandono institucional. Se autogestaron desde la excepcionalidad, fueron articulados con el interés de grupos intelectuales reducidos y sin mayor incidencia en el grueso de la sociedad guatemalteca. Si durante la época revolucionaria hubo un intento serio por llevar el arte a las aulas, a los planes educativos, y los intelectuales se preguntaban sobre el “papel del artista frente a su tiempo”, las generaciones más jóvenes de artistas deben enfrentar los efectos del vacío heredado e institucional. Asombrosamente en Guatemala siempre surgen artistas excepcionales. Los que están presentes en esta bienal y otros, responden a esa contemporaneidad que nos preocupa con una fuerza inaudita, capaces de pensarse cotemporáneamente en la vaguedad del propio término y sus contradicciones, en la melancolía de su propia época, como reflejos a veces inexactos de nuestra sociedad y sus circunstancias. Pensando en Walter Benjamin, “no es que somos contemporáneos porque hemos dejado de estar en el pasado, somos contemporáneos porque no hemos dejado de estar también en el pasado”, subraya Pablo Hernández. Precisamente en eso consiste la contemporaneidad, en una época presente atravesada por distintas temporalidades. Mi época, mi bestia. 

domingo, 6 de julio de 2014

Mujeres hacen teatro: obra Ixkik está en escena


El grupo femenino de teatro Ajchowen, que en kaqchikel significa "artistas", lleva a cabo presentaciones en las que mezclan el arte con la tradición, y la lucha social y política de las mujeres indígenas.

Por Prensa Libre

SOLOLÁ.- Ajchowen es el primer grupo de teatro femenino de Sololá, que aprovecha la oportunidad y coyuntura para llevar a escena costumbres y cosmogonía de la población kaqchikel, como se puede apreciar en la obra Ixkik.

Clara Alicia Sen Sipac, integrante de Ajchowen, contó que el grupo surgió en el 2012, cuando un conjunto de mujeres que  participó en varios  talleres de pintura, música, danza y otras artes, en el Centro Cultural Sotz'il Jay, optaron por incursionar en el teatro.

Para prepararse intervinieron en talleres sobre artes escénicas, y ahora promueven la recuperación de la memoria ancestral de su cultura y los derechos de los pueblos originarios.

Sen Sipac detalló que la obra Ixkik plasma conocimientos colectivos de mujeres indígenas, pues lleva a escena la sabiduría ancestral de las grandes abuelas.

Trama
Ixkik está basada en  el personaje del Popol Vuh, la doncella de Vuh Ixkik o Ixquic, madre virgen de los héroes gemelos  Hunahpú e Ixbalanqué.

El grupo Ajchowen hace una versión actualizada del personaje, pero Ixkik todavía tiene que enfrentar las fuerzas del inframundo para proteger a su hija  Ixb'alamkej y defender a la madre tierra.

Los papeles principales son protagonizados por Mercedes Francisca García Ordóñez, como Ixmukané; Clara Alicia Sen Sipac, Ixkik; Julia Inés Mucum Iboy, Ixb'alamkej, y Lila Elizabeth Cumes González, Xib'alba'.

Mensaje positivo
García Ordóñez informó que hacer arte es dificultoso; sin embargo, con esta iniciativa han incursionado en la vida actual y dejan un mensaje positivo a la nueva generación.

Relató que han participado en varias obras, con otros miembros de Sotz'il, pero en la obra Ixkik solo participan mujeres porque está dedicada a ellas.

Refirió que han presentado esta obra en Panajachel, invitadas por  la Asociación de Mujeres Tierra Viva; en Santa María Visitación, durante la conmemoración del Día Internacional de la No Violencia contra la Mujer, y en la ciudad de Sololá, para el encuentro de líderes y lideresas comunitarias.

También se presentaron con la organización Lagun Artean, en Costa Rica, y en el Festival de Teatro y Danza, y en el Centro Cultural de España, en la capital.

Colaboración
En el reparto son apoyadas por el centro Sotz'i Jay, que les facilita vestuario, escenografía, dramaturgia, dirección y formación.

Mucum Iboy expuso que el teatro indígena les recuerda que los seres humanos solo consiguen la trascendencia si se acercan a la Madre Tierra para valorarla. "Con ese acercamiento a la naturaleza y a su sabiduría oculta, nos acercaremos también a la esencia de la vida", añadió.

Daniel Fernando Guarcax González, del grupo Sotz'il, expuso que es a través del arte, y en especial del teatro, que las mujeres son parte de la lucha social y política indígena.
El grupo cuenta con el apoyo de  la Cooperación Alemana.

Vela por tradiciones
El Centro Cultural Sotz'il Jay, que apoya al grupo de teatro femenino Ajchowen, está ubicado en  El Tablón,  cabecera de Sololá,  donde imparte cursos de dibujo, pintura, escultura, poesía, música, danza y teatro. Además, promueve la investigación y fomenta las tradiciones indígenas.

Fue fundado hace más de 12 años por un grupo de jóvenes artistas kaqchikeles, quienes escogieron el nombre de Sotz'il porque el  Sotz —murciélago— es como un totem para ellos, pues es mencionado en el Memorial de Sololá, según relató en su oportunidad Augusto Guarcax,  integrante del grupo.

viernes, 4 de julio de 2014

"La máquina y los esqueletos o viceversa"


Presentación de obra experimental 
"La máquina y los esqueletos o viceversa"
 
Viernes 4 de julio 2014
20:00 horas 
"Yantra Estudios" 13 calle "A" 11-20 zona 1
 
Creación colectiva
Actúan: Claudio Padilla e mua, 
Dirige Evelyn Price

miércoles, 18 de junio de 2014

Lisandro Guarcax and the Dance of the Nawales: In Memoriam (1978-2010)

Kaji’ Imox. Collective Creation of Sotz’il Jay Cultural Center. Directed by Víctor Manuel Barrillas Crispín. Produced by Leonardo Lisandro Guarcax González. Municipal Salon of Chimaltenango, Guatemala. 17 July 2006.

By CZARINA AGGABAO THELEN | RED SALMON ARTS AND UNIVERSITY OF TEXAS AT AUSTIN

I.“When darkness comes, illuminate it with your dreams and hopes” (Guarcax 2006)1
One pre-dawn hour in August 2006, Maya Kaqchikel youth theater group Sotz’il still had not reached home in Sololá, Guatemala after an all-night return trip from a musical presentation in Nebaj. Having passed our final highway juncture and deciding to drive straight to their next local engagement, Lisandro Guarcax, the coordinator and co-founder of Sotz’il, casually remarked that it would soon be dangerous for Sotz’il to do its work and travel at night once more people learned what they were about.

Lisandro’s comment indicated foresight beyond the state of the arts and political analyses in 2006. A decade after the Peace Accords, the arts in Guatemala were barely recovering. Not even six months had passed since Sotz’il premiered their first theater piece on the rooftop of the historic post office building in Guatemala City. The first National Theater Festival was still three months away in November 2006, when they would first receive national recognition. That was still to come, yet Lisandro had already expressed a vision to create a cultural center of Maya and indigenous arts based in Sotz’il’s rural community.

Furthermore, in 2006, when one spoke of violence, no one was thinking of Maya artists. Maya artists were considered to be neither targets of violence nor producers of works that deal with or have bearing on violence. Rather, just a decade after the Peace Accords, the primary subjects of history, the primary agents of societal change were assumed to be the two combatant sides to the armed conflict and their allies. Maya artists were not yet widely seen as a sector of political subjects who generate social change, analysis, and alternatives through producing meticulous art that grapples with social issues. In 2006, the weight of Lisandro’s statement was almost inconceivable: Was it not the opposite? Should not these Maya youth artists be the beneficiaries of the Peace process and not a new generation of stolen lives?

I recalled Tat Lisandro’s tragically prescient remarks when I returned home on August 26, 2010 to find, splayed across my e-mail inbox, the shocking words that I didn’t want to believe: “Schoolteacher, Kaqchikel Artist of Sololá / Coordinator of Sotz’il Jay Cultural Center Assassinated.” Very quickly, those who knew Tat Lisandro and had been moved by his vision began to organize artistic and political responses.

To commemorate Tat Lisandro2 and his contributions to contemporary Maya arts, politics, and spirituality, I will discuss his magnum opus Kaji’ Imox (2006), Sotz’il’s seminal Kaqchikel-language play. (Tat Lisandro also produced and performed in a second play, Ajchowen (Artist 2008), a tribute to Maya humor based on the Pop Wuj’s recounting of the escapades of Jun B’atz’ and Jun Chowen, progenitors of Maya arts.) Despite concerns for their safety after Tat Lisandro’s assassination, Sotz’il created a third play, Oxlajuj B’aqtun (2011), a “ceremonial dance” in the Kaqchikel and Mam languages, which was performed in diverse Maya town plazas in 2012-2013 (fig. 1, 9, 10). 
II.“They didn’t like to see someone from the mountains coming here to dance in front of them. So, I went back home.”(Guarcax 2006)
Despite a slightly growing presence of Mayas in universities and civil society leadership, Guatemala today is marked by de facto segregation. Tourist advertisements and mall decorations project images of smiling Maya young women in traditional dress to encourage the consumption of Guatemalan products. Yet Mayas are rarely clients of elite medical centers or directors of research institutions and businesses in the high-rise towers of Guatemala City’s wealthy zones. As an example of how racism is felt in daily life, Mayas have shared anecdotes of how some families have internalized the denigration of their ancestral diets (such as tortillas, beans, and wild greens) under pressure to consume foods considered more “modern” pan francés, pizza, and fast food from Pollo Campero and McDonald’s).

The lived experience of colonization in Guatemala3extends to the violation of sacred sites for mining and hydroelectric dams. Also, Maya spirituality has been demonized since Diego de Landa’s 1562 burning of thousands of Maya sacred objects and ancient texts. Maya spiritual practices had to be kept clandestine until legally protected by Guatemala’s new constitution in 1985. To this day, accusations of witchcraft are socially damning: In interviews conducted in 2013, when I individually asked Maya youth artists what they felt was currently the greatest oppression impacting their lives, almost all pointed to religious-cultural discrimination and the social outcasting that has resulted from heavy Christian evangelization in their communities.

III. “All of us are the product of a dream: the dream of our parents.”4
Despite the denigration of Maya culture, Tat Lisandro turned to “our rural context” as inspiration for a revived aesthetics of Maya “scenic arts.” His response to a local presentation of the National Folkloric Ballet of Guatemala was, “I didn’t like the way in which they represented indigenous people in their dances. They portrayed [the K’iche’ warrior] Tecún Umán as a timid indigenous person, an indigenous person who makes you laugh” (Guarcax 2006).

Tat Lisandro was inspired by reading the Kaqchikel Annals, a Kaqchikel history spanning 1300–1600 A.D. that meticulously documents their peoples’ origins, migrations, rulership successions, massive deaths from European plagues, and the Spanish invasion. He organized a youth group to discuss suppressed Maya histories and texts and analyze current socio-economic realities. Only with time did the youth find they were most drawn to autochthonous Maya music and dance (fig. 2, 3).

Tat Lisandro remarked, “All of our environment, including the community itself, made us change so that we could form the theater group,” citing unexpected offers by a stage director to collaborate, community elders to teach them ancestral music, and mothers who wove their initial outfits. 
Furthermore, Sotz’il’s community rootedness in a rural hamlet of Sololá connects them with local Maya political history and their b’anob’al (the quotidian practice of Maya culture). Tat Lisandro reflected:

The community organizing that the previous generation did was like the “first front,” because they were under severe, constant repression. The only way to confront that was to organize, to join together. That is, if you have five families by your side, it’s immediately noticeable if someone disappears, and why—[also] who did it.

This “front”—these organizations—opened many spaces, and the new generations are occupying them. […] We realized that one of the functions of art is to declare our vision and protest. Protesting through art is different. It’s visual, and aural. It’s much more complete. In art, you can’t walk around with a combat-hardened face, saying, “I am strong! We must do this!” No. One must have even deeper feelings about the injustice to protest through art (Guarcax 2006).
IV.
On the evening of Waqxaqi’ B’atz’ (the start of the Maya lunar year: July 17, 2006), the mostly Kaqchikel audience grabs whatever plastic seats are available circling the foot-wide pine-needle ring that marks off Sotz’il’s stage. The scent of pine needles is familiar to this audience: for celebrations like weddings or cofradía processions, pine needles are strewn across the floor turning ordinary rooms into festive sites. This free performance in the concrete-block Municipal Salon of Chimaltenango is not divorced from reality in the course of the presentation: lighting and sound go out; bar music blares during the play’s solemn, silent climax; and after the actors change back into everyday dress they become subject again to the precarious conditions that mark most Maya lives in Guatemala, sleeping on the floor of the offices of the Kaqchikel Linguistic Community to save money.

Processing in the same order and playing the same instruments as the musicians depicted on the Bonampak mural (dating from 790 A.D.), four musicians cross over the pine-needle border as an ajq’ij (daykeeper) saturates them with incensed smoke from a bowl of sacred fire (fig. 4, 5). Last to be saturated is the Sotz’ (Bat nawal, the spirit pair of the Kaqchikel people), after which the ajq’ij hands him the sacred fire.

“The start of the play addresses the questions, ‘How does life begin? What existed before movement?’ Nothing. We begin with silence— the dimension of zero—that is both the beginning and the end,” commented Tat Lisandro (2006).

The Sotz’ arches his chest and arms over the fire, silently and slowly transforming his shape (like powerful diviners who change shape into their animal spirit pairs) through a series of postures as he moves to the center of a circle formed by the Snake, Deer, Jaguar, and Eagle nawales seated at each of the four cardinal points. This enacts the creation of the Kaqchikel peoples and their lifeways whose diverse expressions (sport, art, science, literature, religion5) revolve around the sacred hearth-fire (fig. 6, 7).

By carrying the sacred fire (q’aq’) to energize the Kaqchikel peoples into motion and dance, the Sotz’ embodies the literal root of their word for power (q’aq’al) and empower (“carry fire”: Maxwell 2006a, 178). Furthermore, in later scenes and in their third play Oxlajuj B’aqtun, the fire is extinguished at moments when characters are weakened or defeated. In Kaqchikel, the term for “defeat” literally means “their power (fire energy) was extinguished” (my adaptation of Maxwell 2006a, 178). That is, many abstract or conceptual meanings of Kaqchikel words (“door”, “in front of”, “leader”) have linguistic roots in concrete elements of the human body (“mouth”), nature (“fire,” “water”, “tree-stone”), or actions (“carrying the burden”, “bearer of the way”).

I argue that theater makes visible the polysemy of Maya languages. Rather than having to footnote or erase “secondary meanings,” multi-sensory theater allows the multiple semantic reverberations of Kaqchikel concepts or words to be available for the audience to keep in mind at once (visually, aurally, kinesthetically, and intellectually). Audiences can understand that the concepts of “power” and “empowerment” are linked to “fire” in Maya worldview. In fact, I propose that this is part of Sotz’il’s politics: to take up again the original, literal referents of the many words whose meanings have over time shifted to purely abstract or conceptual domains as Mayas’ original cultural contexts have been altered or destroyed by colonization, evangelization, and societal change.
V. “Some [of us] went up into the sky, some [of us] descended into the earth.” (Maxwell 2006b, 29)
Sotz’il also recovers the spiritual import of nawales being linked to animal energies. About half of its major characters are animal spirit pairs: five nawales, two of whom switch to the role of Kaqchikel rulers and another two also play Spaniards. (One musician, Tat Lisandro, plays the role of Yaxb’alam E’ warrior energy astride the crescent moon on his elevated platform.) Commenting on Sotz’il’s seamless kinesthetics in moving as their animal spirit pairs, a woodcarver with the Ajchowen Poqomames of Pa'laq'ha' says, 

To convert oneself into an animal is to transcend, to visualize another world. Animals have a vision that Nature is life itself. […] This is the body movement of a Maya, the sensibility of a Maya. Converted into a jaguar, [the Sotz’il dancer’s] greatest inspiration is already from the world of the jaguar. This is one of the most powerful things that Sotz’il has discovered (2013). 

With this, Sotz’il challenges the anthropocentrism of Western institutions and worldview.
VI. “It was just the trees drumming.” (Maxwell 2006b, 26)In the next scene, Sotz'il dancers embody the mourning and burial rituals of elders all of whom died en masse from the “sore-sickness” (Maxwell 2006a) that preceded Pedro de Alvarado’s arrival in Kaqchikel territories. The remaining three Maya characters are: the young Kaji’ Imox and B’eleje’ K’at, who share rulership, and the Deer nawal who is the spirit pair of Maya authorities.

The central tension of the play revolves around a wrenching decision Kaji’ Imox must make in how to repel the Spanish invasion. First, the Kaqchikeles’ decade-long formidable armed resistance from the mountains is evoked by two warriors taking turns climbing and balancing among six-foot tree branches dressed with beads, shells, and feathers whose rattling unnerves and intimidates the Spanish opponents. From the Lacandon jungle to the remote lands of the Itza’, the unsubdued back country has long become a refuge for Maya resisters who refused to be “reduced” (assimilated) into Spanish pueblos reducidos. Likewise, the Communities of the Population in Resistance (CPRs, Maya survivors of 1980s army massacres) resisted the army’s genocidal tactics of land dispossession by hiding in the Guatemalan rainforest for a decade.

Maya cosmovisión is foundational to Sotz’il’s aesthetic and creative process, which begins with research and consultations with community elders (pixab’). The sacred materials and instruments, which Sotz’il uses in its theater productions, are alive and related to with reverence. In fact, due to their vitality and expressive power, these materials play essential roles in advancing the play’s action (e.g. the sacred fire, the rattling branches, the evocative headdresses of the nawales). Using elements of their natural and cosmogonic environment, Sotz’il members craft their own instruments “to feel the value with which you should treat them” (Sotz’il 2013). In the West we use the terms “sets” and “props,” which reflect the Western cultural tendency to objectify elements (wood, stone) and often people (as “target markets”), especially those from whom we seek to extract greater productivity and profit. In contrast, the ancient Maya cultural ideal is to show respect for all natural elements as living Subjects who interact to sustain our world. Sotz’il often states that the goal of their work is to highlight the “esencia” (ruk’u’x: the vibrancy and reason for being) of each element they work with.As an Ajchowen woodcarver states, “It’s not a simple figure. Rather, it must be something that awakens our history, our past” (2013).

The Sotz’il collective also consults with spiritual elders for approval and guidance throughout their artistic process. Similarly, in their play Kaji' Imox consults the ancestors and energies that mediate our existence in order to weigh the long-term consequences of his actions. The ancestors (personified by four musicians located on seven-foot platforms at the cardinal points) weigh the options, vociferously disagreeing as their voices rise in chorus.

Yaxb’alam E, a warrior, doesn’t surrender easily. But, this is a joint decision, so Yaxb’alam E concedes to the other energies and advises Kaji’ Imox to surrender to the Spaniards to lessen their campaign of terror (burnings, hangings, and razing of Kaqchikels town) (Maxwell 2006a, 284).

From captivity, Kaji’ Imox joins B’eleje’ K’at and the Deer nawal in fervently dialoguing with the energy of an ancestor imbued in an enchanted site. When two Spaniards prance in, the Deer nawal scurries to place a Christian statue over the site, and the Spaniards whip the trio into kneeling with palms pressed together. However, B’eleje’ K’at soon gets up and rejects this compromised way of praying, urging his companions to remember that their spiritual practices are grounded in ancient codices and wisdom. He is swiftly slayed by the Spaniards. A screaming and enraged Kaji’ Imox brings the Spaniards to their knees by hurling their Christian statue to the ground.

In the final scene (see banner), two Spaniards lead Kaji’ Imox onto an empty stage to be hung—in secret, Tat Lisandro notes, because his captors realize that to do so in public would simply incite rebellion. Minutes after he is executed, though, his character reaches up, breaks the noose from where it is hung, and tosses it away. With serene integrity, the ancestor Kaji’ Imox walks to the circular pine-needle ring, where once again he dons the headdress of the Jaguar nawal and, whistling sweetly like a bird, calls to the Snake, Deer, Jaguar, and Eagle nawales to dance to an uplifting, sprightly reed flute melody as the audience applauds and the play concludes.

VII.
How did Kaji’ Imox’s surrender help his people? Tat Lisandro commented,
[W]e have to keep in mind that at that time, the Mayas were in the process of being exterminated. […] If Kaji’ Imox hadn’t turned himself in? Perhaps we wouldn’t be here today talking about it! [Laughs ironically.]

In our culture, to die is to be born again. It’s to pass into another dimension. By turning himself in, Kaji’ Imox showed that he had completed another cycle. His death meant that he entered into yet another cycle of life. That’s what the cutting of the noose symbolizes: The resistance of the Maya peoples emerges again (Guarcax 2006).

VIII.
A colonial order propagates itself to future generations by naturalizing its logic, civilization, and economic and extractive model as inevitable, attempting to erase historical memories of alternative possibilities that existed prior to or “outside” this system. Sotz’il demonstrates, via scenic arts and their immersion in the materiality and practice of Maya spirituality, that contesting orders do indeed exist even in neoliberal globalized times: living, breathing Maya worlds that continue to unfold in space and time, with their own systems of meaning and understandings of power, value, and life itself. Even though it meant forsaking a guerrilla opposition, Kaji’ Imox knew that in the Maya worldview sacrifice is reserved for those who are highly respected (Maxwell 2006b, 66). He realized that Kaqchikel people would read his execution as an enduring call to stand up for their way of life. One Sotz’il dancer who played the title role commented that because Kaji’ Imox offered his life, “the Maya people survive, practicing our culture. And we have survived and resisted in the 500 years since.”

In his own way, Tat Lisandro’s enduring contribution to decolonial indigenous arts was his leadership of Sotz’il in exemplifying how to re-center Maya spirituality in decisions that have bearing on Maya lives. I argue that, because Sotz’il’s "scenic arts" of theater, dance, and music uniquely allow for certain kinds of personifications, transformations, and embodiments, they makevisible and sentient particular dimensions of Maya ontologies that run the risk of being rendered purely abstract (i.e. divorced from their original referents) if limited to political communiqués and discursive translations and theorizations. Matyox chawe Tat Lisandro: “Rat xayïk ruk’u’x qatinamït, k’o qejqalem.” (Thank you, Tat Lisandro: You raised up the heart of our community, our dignity and value.)

Czarina Aggabao Thelen is a Pinay dancer and member of the Red Salmon Arts collective founded by the late great Xicano-Indigenous poet raúlrsalinas. She has facilitated poetry and social analysis workshops with incarcerated youth and edited their chapbooks Does Heaven Have a Ghetto?, I Come from a Teardrop, and Stitching My Wings. From 2001-2005, she was community organizer with Mothers On the Move in the South Bronx. She has worked in Maya Guatemala for over 5 years. A Ph.D. candidate in Anthropology at University of Texas at Austin, she is writing her dissertation on the politics and ontology of contemporary Maya theater.

Endnotes
1Interviews by the author were conducted in Spanish. Translations into English of interviews and e-mails are mine.
2I use the honorific “Tat Lisandro”, as in referring to a respected elder. For more on his influences and the early years of Sotz’il, see (Aggabao Thelen 2008).
3Guatemala may not be exceptional in this regard. It would be useful to explore the particular lived experiences of colonization in each nation-state.
4Guarcax’s preface to a Sotz’il music presentation at the 2008 FILGUA Book Festival, Guatemala City.
5Similarly, Kim TallBear writes that “indigenous ontologies … do not break narrative from spirit from materiality to make 'literature,' 'religious studies' and 'biology'” (2013).


Works Cited
Aggabao Thelen, Czarina. 2008. "Our Ancestors Danced Like This: Maya Youth Respond to Genocide Through the Ancestral Arts." In Telling Stories to Change the World: Global Voices on the Power of Narrative to Build Community and Make Social Justice Claims, edited by Rickie Solinger, Madeline Fox, and Kayhan Irani, 39-54. New York: Routledge.
Ajchowen Poqomames of Pa'laq'ha'. 2013. Interview by author. Guatemala, 22 June.
Guarcax González, Leonardo Lisandro. 2006. Interview by author. Sololá, 18 September.
Maxwell, Judith M., and Robert M. Hill II, trans. 2006a. Kaqchikel Chronicles: The Definitive Edition. Austin: University of Texas Press.
Maxwell, Judith M., and Robert M. Hill II. 2006b. “Part One: Introduction and Linguistic Commentary.” In Kaqchikel Chronicles: The Definitive Edition, translated by Judith M. Maxwell and Robert M. Hill II. Austin: University of Texas Press, 2006.
Recinos, Adrián.1950. Memorial de Sololá/Anales de los Cakchiqueles & Título de los Señores de Totonicapán. Fondo de Cultura Económica, Mexico City.
Sotz’il Jay, Centro Cultural. 2013. Series of interviews with members of the collective, conducted by author. Sololá, February-December.
TallBear, Kim. 2013. Dear Indigenous Studies, It’s Not Me, It’s You: Why I Left and What Needs to Change.” At Native American and Indigenous Studies (NAISA) Annual Meeting, Critical Indigenous Studies Panel 1. Saskatoon, Saskatchewan, Canada, 14 June. Excerpt accessed 18 November 2013. http://news.unm.edu/news/tallbear-presents-lecture-about-indigenous-studies.